Fuente | Óscar Portilla
En el periodismo deportivo, la pasión se equilibra con la precisión. Entretenemos, sí, pero también informamos. Opinamos, pero con responsabilidad. Y nada de eso se sostiene si no existe algo esencial: la libertad de expresión.
No es un privilegio del periodista. Es un derecho de la audiencia.
Cuando se censura la voz del comunicador, se está silenciando también el derecho público a saber la verdad. La credibilidad del periodismo deportivo nace de su independencia. Sin libertad para criticar decisiones arbitrales, cuestionar a los dirigentes, amplificar voces olvidadas o señalar lo incómodo, el periodismo se convierte en una decoración inútil: publicidad camuflada.
Y en un contexto donde el deporte mueve emociones, economías e identidades, censurar al periodista deportivo es tan grave como callar a un reportero político.
El deporte no es solo espectáculo. Es un espejo de nuestras tensiones sociales, económicas y culturales.

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